La peste negra: enseñanzas de la gran pandemia medieval

Historia 04 de julio de 2021 Por Alba
La peste negra, se extendió por toda Europa aniquilando un cuarto de la población, en dos años y medio murieron más de 25 millones de personas
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En octubre de 1347 una pequeña flota de barcos genoveses que regresaba de comerciar en el mar Negro atracó en el puerto siciliano de Messina.

La mayor parte de la tripulación había muerto durante la travesía y aquellos que habían logrado sobrevivir se hallaban gravemente enfermos.

Los marineros deliraban por la fiebre y sus cuerpos estaban cubiertos de unos extraños forúnculos o “bubones”, del tamaño de un huevo o una manzana (que rezumaban sangre y pus), en cuello, ingles y axilas.

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La terrible plaga de peste, procedente de Asia y que más tarde se conocería como peste negra, se extendió por toda Europa aniquilando un cuarto de la población, en dos años y medio murieron más de 25 millones de personas.

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El miedo al contagio se apoderó de la población; se creía que la enfermedad entraba en el cuerpo a través del aliento, el sudor (en forma de “vapores venenosos”) incluso a través de la mirada

EL GRAN MISTERIO

Hasta finales del siglo XIX no se descubrió el bacilo (Yersinia pestis) causante, al menos en un principio, de esta terrible enfermedad.

La rata negra, pasajera habitual en la sentina de los barcos, y más concretamente sus pulgas (Xenopsylla cheopis), la extendieron por las costas y los ríos navegables.

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EXTRAÑOS TRATAMIENTOS

Durante la Edad Media, la medicina se asentaba en viejos conocimientos y remedios naturales como las plantas, ungüentos y brebajes.

No se conocía ningún tratamiento efectivo para evitar el contagio y mucho menos para curar la enfermedad.

ALGUNOS AVANCES EN MEDICINA

A pesar de todo, hubo algunos aciertos que contribuyeron al avance de la medicina, sobre todo encaminados a evitar la propagación de la enfermedad.

En Marsella se exigió que aquellos barcos que arribaran a puerto con una persona sospechosa de padecer peste, debían permanecer alejados de la costa durante treinta días.

Los venecianos prolongaron este periodo a cuarenta días, dando origen al término “cuarentena”, hoy día seguimos utilizando este método para controlar una pandemia.

En los siglos XVII y XVIII aparecen los llamados “doctores de la peste”, personas contratadas expresamente para examinar y ayudar a los enfermos de la peste.

Se cubrían con botas, guantes y una larga túnica fabricada en cuero de cabra y encerada con grasa animal (para que resbalaran los fluidos).

Ocultaban su rostro tras una extraña máscara con nariz en forma de pico de pájaro, en su interior colocaban una esponja empapada en vinagre o la rellenaban con paja, especias y hierbas aromáticas a modo de filtro.

Por último, el médico se calaba un sombrero de cuero de ala ancha y unas lentes de vidrio que impedían que la enfermedad penetrara en el cuerpo a través de la mirada.

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Por más ridículos y esperpénticos que nos parezcan, estos ropajes fueron los antecesores de los actuales trajes de aislamiento NBQ (nuclear, químico y bacteriológico).

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Fueron los primeros medios de protección efectivos: "tatarabuelos" de los que hoy día utilizamos en los quirófanos y en hospitales de todo el mundo para tratar a pacientes con aislamiento y evitar la propagación de epidemias, tan recientes, como el ébola o el tan nombrado coronavirus de Wuhan (Covid-19).

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