EL BAR EN LA CUMBRE DEL CHAÑI, de Ernesto González

Libros 19 de mayo de 2020 Por Atilio Romano - Escritor - Prof. de Literatura
 EL BAR EN LA CUMBRE DEL CHAÑI, Salta-Argentina, Fondo editorial (2014) de Ernesto González.
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He leido  EL BAR EN LA CUMBRE DEL CHAÑI, de Ernesto González con la avidez y el encantamiento de las buenas lecturas que se te cruzan por la vida. El escritor muestra un universo y por eso encontramos una multiplicidad de imágenes que pululan por las calles. Por ejemplo podemos inferir en la lectura: a los desposeídos, a los artistas sin lujo ni renombre, a las putas, a los cornudos, a la gente que transita sin rumbo o a tientas por la vida, a los perros, a los gatos, los antros, los bares, los sucuchos, a la gente chillando en la villa,  también pone oído y voz a los pueblos originarios y hay una extraña maldición que profesa el Caminante.
Concienzudamente el origen está casi al final, es decir que el narrador va llevando al lector a que siga los acontecimientos sin darles demasiadas pistas del por qué acontece el extraño martirio y casi al final dice:

“La Burgois bien se acuerda del gaucho que esa tarde se cuadró frente al Caminante y entonando llamativas coplas le pidió vino, que también copleando el Caminante se negó a dárselo” El bar en la cumbre del Chañi, Ernesto González, capitulo 32 pagina 105.

Este es el quid de la cuestión, el Caminante quiere borrar el maleficio y encontrar al demonio en ese bar de altura. Mientras cuenta eso desenvaina acontecimientos que se van desarrollando junto a la historia del Caminante que, por supuesto, no es así pero parece. El narrador te hace ir y venir en el tiempo y las épocas. Así va hilvanando las narraciones y las va concatenando con pensamientos propios que se mezclan en la trama, preguntas y respuestas respecto a la soledad, el amor, la amistad, los prejuicios que tenemos, etc.

La lectura del libro podría estibar en diferentes direcciones por las cuestiones antes citadas, el espectro para su estudio es amplio si tomamos un tópico y empezamos a trabajar.

Lo que a mí concierne me deslindo por la capacidad que tiene el escritor de elaborar el lenguaje, el cómo lo utiliza  para crear imágenes totalmente poéticas y hacer que los párrafos cobren una inusitada fuerza y belleza lingüística. Digo esto  porque al comenzar la lectura traza el perfil del Caminante de una manera poética, de una simple foto tenemos una imagen poética:

“líneas de sudor en la canaleta de sus arrugas le humectan la frente” “Dormita en la silla con la vano cerca de su vaso y si un centinela no puede abandonar su puesto y mucho menos su fusil, el tampoco descuida su guardia” Capítulo I, El Caminante, pág. 7.

O cuando refiere a un esperar a alguien dice el autor:

“A la vera de caídos filodentros del trópico, un destello amazónico en ese cantero podrido en el humus y desbordado por las lluvias odiosas donde el Caminante espera a Chabela, caracoles inmutables escalan juncos. Van imperturbables entre las arañas que interceptan en su tela el rocío y la alborada.” Capitulo III, pág. 15

También en el siguiente párrafo  cuando quiere marcar el paso del tiempo en un bar:

“Asciende la tarde hasta su límite oscurecido. Ha entrado el nuevo turno de meseras y los clientes de esa mesa aún permanecen sentados desde el mediodía, abandonados en un rincón.” Capítulo VIII, pag.29

Podría hacer lecturas comparadas de esta utilización de las imágenes poéticas para dar un brillo especial a la narración y esa comparación me llevaría a varios autores que nos muestran en sus textos ese tipo de estrategia para contar una historia.

Podría mencionar a Carlos H. Aparicio, Juan Rulfo, Juan Marsé, María Teresa Andruetto, Ana María Matute, Kafka, Vargas Llosa, y seguro que la lista seguiría engrosándose.

Por tomar un autor de los mencionados cito a Juan Marsé en Caligrafía de los sueños, Lumen, Barcelona, 2011.

“Torrente de las Flores. Siempre pensó que una calle con este nombre jamás podría albergar ninguna tragedia. Desde lo alto de la Travesera de Dalt inicia una fuerte pendiente que se va atenuando hasta morir en la Travesera de Gracia, tiene cuarenta y seis esquinas, una anchura de siete metros y medio, edificios de escasa altura y tres tabernas. En verano, durante los días perfumados de fiesta mayor, adormecida bajo un techo ornamental de tiras de papel de seda y guirnaldas multicolores, la calle alberga un grato rumor de cañaveral mecido por la brisa y una luz submarina y ondulante, como de otro mundo. En las noches sofocantes, después de la cena, la calle es una prolongación del hogar”. (Caligrafía, p. 9)

El fragmento siguiente provoca en el lector lo maravilloso que es la lectura plagada de imágenes:

“Recuerda ahora a su padre de pie en el herrumbroso balcón que han dejado atrás, le ve todavía allí embutido en un grueso abrigo con las solapas alzadas, llorando en silencio y con un puro sin encender en los labios mientras mira los soldados que bajan desde la plaza Lesseps [...] De lo ocurrido ese día, su padre siempre contaba que el niño, mientras lo miraba llorar y triturar el puro con los dientes, de pronto se echó también a llorar, no porque sintiera impotencia y rabia viendo desfilar a los nacionales, no por eso, claro, era demasiado pequeño para entender que se había perdido una guerra y cuántas esperanzas, pero en cierto modo sí podía decirse que lloraba con la misma pena, por empatía, ya que no por otra cosa veía por vez primera llorar a su padre. (Caligrafía, p. 199)

Entiendo que el gusto por la lectura va construyéndose a través de los años y de alguna manera el lector va perfilando su mirada hacia una dirección. ¿Cuál es esa dirección? Es aquella en donde el lector se conmueve y emociona, me interesa que al realizar la lectura produzca un efecto de sentido, que movilice a quién está realizando la tarea de leer, tener la capacidad de provocar que el lector se detenga en algún instante de la lectura y mire hacia arriba y sonría o se angustie tratando de imaginar la imagen que está pintando el escritor. Sé que para mí eso es Literatura.

El que está ávido de lectura lee de todo o por lo menos trata de leer todo lo que tiene a su alcance pero procesa lo que realmente le interesa. Me considero un lector apasionado y exigente. La lectura de este libro de Ernesto González ha sido una continuación del camino que comenzó con su libro de cuentos el Francotirador y sé que la escritura que le corre por las venas lo acerca a aquellas que están condenadas a permanecer en el tiempo.

ATILIO99

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